Friday, June 27, 2014

alemania:Alemania teme a 'Mein Kampf'

Alemania teme a 'Mein Kampf'

  • Se acuerda que la obra de Hitler siga sin estar presente en las librerías alemanas

  • Algunos historiadores insisten en que esta prohibición puede 'mitificar' la obra

Un ejemplar en alemán de 'Mein Kampf', la obra de Adolf...

Un ejemplar en alemán de 'Mein Kampf', la obra de Adolf Hitler. Afp

ROSALÍA SÁNCHEZEspecial para EL MUNDO Berlín
Actualizado: 27/06/2014 13:55 horas
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Los derechos de autor de 'Mein Kampf' de Adolf Hitler, en poder del 'Land' o Estado federado alemán de Baviera, expiran el 31 de diciembre de 2015. Las autoridades alemanas habían accedido a una edición convenientemente comentada y el mercado editorial germano se preparaba para el evento de consecuencias imprevisibles, pero, en el último momento, ha podido el miedo. Solo quienes han experimentado de cerca el magnetismo de las palabras que Hitler escribió en la cárcel pueden atisbar con certeza el efecto que podrían generar en esta precaria y atormentada Europa, y varias voces se han alzado contra la nueva publicación.

En la conferencia de los ministros de Justicia de los Länderalemanes celebrada ayer se ha acordado impedir que 'Mein Kampf' vea de nuevo la luz en los escaparates de los libreros alemanestal cual y se puso en marcha un estudio para buscar vías jurídicas que continúen penalizando su publicación. Hasta ahora, la publicación de 'Mein Kampf' es incluida en el saco de los delitos de apología del nazismo y está prohibida en Alemania, una prohibición que a juicio de los ministros de Cultura debe seguir vigente por respeto a las víctimas del Holocausto.

"Todo el mundo democrático mira hacia Alemania", advirtió en su justificación el ministro de Cultura bávaro, Winfried Bausback, que considera posible amparar la continuidad de la prohibición en las actuales leyes contra la incitación al odio racial, sin necesidad de nueva normativa. Sobre lo que no hubo acuerdo generalizado y continuarán las deliberaciones es sobre la conveniencia o no de permitir ediciones críticas, comentadas y autorizadas.

Polémica

Hace dos años, la Audiencia de Múnich prohibió la publicación comentada de pasajes de 'Mein Kamp' en formato de fascículo coleccionable en el semanario histórico sobre el nazismo 'Zeitungszeugen' (Periódicos testimoniales). La Justicia muniquesa respondió así al proyecto del editor británico Peter McGee, que vio suspendida su publicación por un procedimiento de urgencia. La intención del editor era poner a la venta fragmentos de la obra, comentada por historiadores de prestigio, con una tirada inicial de 100.000 ejemplares y en formato revista de 15 páginas coleccionable, pero finalmente se limitó a publicar algunos fragmentos ilegibles, con el texto desenfocado, a modo de solución de compromiso. McGee ya adelantó entonces que, a partir de 2015 y cuando expirasen los derechos de autor del libro, publicaría 'Mein Kampf' en su integridad, en edición preparada por reputados historiadores alemanes como Hans Mommsen y Sönke Neitzel.

Ese proyecto editorial es uno de los que las autoridades alemanas tratan de evitar. Solamente contemplan con relativamente buenos ojos la edición que desde hace años prepara el director del Instituto de Historia Contemporánea (IfZ) de Múnich, Andreas Wirsching, quien defiende que impedir la publicación sería una decisión equivocada, puesto que "contribuirá a la mitificación del libro". "El texto puede conseguirse sin problemas en varios países fuera de Alemania o a través de internet", alega. En su contra, tiene las declaraciones de la presidenta del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Charlotte Knobloch, que considera que si es jurídicamente posible seguir evitando las ediciones no comentadas de 'Mein Kampf', no es necesaria la publicación de una edición crítica concebida para contrarrestar los posibles efectos de la circulación del libro.

La opinión judía pesará sin duda en la decisión de las autoridades alemanas, que se ven en el brete de escribir el siguiente capítulo de la siniestra historia de este manuscrito del que Hitler vendió más de 50 millones de copias, 10 de ellos en Alemania. Su atractivo lo ha convertido en 'bestseller' incluso recientemente en países como Turquía, donde en solo dos meses de 2005 vendió más de 100.000 ejemplares.

En el foco de un nuevo debate entre intencionalistas y funcionalistas, el Instituto de Historia Contemporánea de Múnich defiende con fuerza su edición, en cierto modo canónica, y sus responsables están convencidos de que retirar el aura magnética de lo prohibido y de la censura no hará sino mostrar el texto como lo que es, una reflexión barata y tediosa basada en la desconfianza hacia la gente.




















































































































































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Rodrigo González Fernández
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MARCELA SABAT Y SU LIBRO EROTICO BUSCA DESPERTAR EL EROTISMO ENB LAS MUJERES CHILENAS

Marcela Sabat anuncia que publicará un cuento:"Para despertar el erotismo en las mujeres chilenas

Marcela Sabat anuncia que publicará un cuento:"Para despertar el erotismo en las mujeres chilenas"

PUBLICADO : Hoy 17:10 h.

En una extensa conversación con revista Paula, la diputada de RN por Providencia y ÑuñoaMarcela Sabat habló en profundida sobre su vida personal y política, entre otras cosas de la relación con sus padres, de su matrimonio a los 24 años y lo difícil del divorcio, entre otros temas como la legalización de la marihuana  sobre la que dijo "Estoy en contra mientras no tengamos un resguardo para los niños de las poblaciones más vulnerables", aunque reconoció haber fumado y "si hay una fiesta y se presenta el momento no estoy diciendo que no lo vaya a hacer, no hay que ir de hipócrita".

Pero a la hora de hablar sobre algunas de sus aficiones que practica durante su tiempo libre, la diputada contó que escribió un relato erótico que se publicará próximamente. "[Lo hice] para despertar el erotismo en las mujeres chilenas que no han tenido la oportunidad de sentirlo", dijo y admitió que se basa en una experiencia personal.  Cuando la entrevistadora le pregunta de qué se trata, Sabat contesta "De haber entrado en la vida de un conservador y haberle removido toda su cabeza hasta hacerlo entender que uno debe luchar por ser feliz y no por hacer feliz a los demás".




























































Fuente:PUBLIMETRO

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Wednesday, June 25, 2014

Piketty en la mira , El capital y su renta está más concentrado que los ingresos de trabajo

Análisis / Piketty en la mira



El libro de Thomas Piketty, 'El capital en el siglo XXI', estudia la creciente desigualdad en el mundo

El libro de Thomas Piketty, 'El capital en el siglo XXI', estudia la creciente desigualdad en el mundo 
Foto: Archivo Particular

Piketty sostiene que el capital y su renta está más concentrado que los ingresos de trabajo.

El libro de Thomas Piketty, El capital en el siglo XXI, estudia la creciente desigualdad en el mundo y, tras analizar históricamente el comportamiento del ingreso y la riqueza, concluye que la desigualdad es inherente al capitalismo y ha sido comparado con la obra de Smith, Keynes y Marx.

Con registros tributarios de 20 países en 300 años, Piketty muestra que desde la última década del siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial, la élite económica de Europa –el 1 por ciento de la población– concentraba el 60 por ciento de la riqueza.

En este periodo, conocido como la belle époque, la concentración fue posible gracias a que las ganancias producidas al capital crecieron entre el 4 y el 5 por ciento, con impuestos mínimos, mientras la economía crecía 1 por ciento.

La Segunda Guerra destruyó la economía europea y en la posguerra se impusieron altos impuestos para redistribuir la riqueza, y en los años 70 hubo estancamiento tecnológico y lento crecimiento de la fuerza laboral, retornando la desigualdad.

En las últimas tres décadas del siglo XX, la desigualdad llegó a niveles similares a los de la belle epoqué, animada por fuerzas divergentes que estimulan la desigualdad cuando los mercados están poco regulados. Así formula la ley de la divergencia, que ocurre cuando el rendimiento del capital(r) es mayor al rendimiento del producto y del ingreso (g). ¡Desde 1700 hasta el 2012, la producción real creció 1,6 por ciento, en tanto que el rendimiento del capital fue del 4 al 5 por ciento!

Como esta segunda belle époque trajo reconcentración, concluye que la distribución de la riqueza se comporta en forma de U, con alta desigualdad al inicio, reducción en el periodo del Estado de Bienestar y reconcentración en el periodo neoliberal.

Piketty concluye que los sueldos de los ejecutivos no obedecen a las leyes de mercado ni a mérito y, para Estados Unidos, los ingresos del 1 por ciento de los asalariados se han incrementado en 165 por ciento, en tanto que el ingreso del 0,1 de los asalariados en un 362 por ciento: en dos décadas EE. UU. será controlado por herederos de grandes fortunas y conducirá a un capitalismo patrimonial.

Piketty sostiene que el capital y su renta está más concentrado que los ingresos de trabajo, de modo que el 10 por ciento de la población recibe 25 por ciento de los ingresos del trabajo total, mientras que el 10 por ciento de la población que recibe rentas de capital posee más del 50 por ciento de la riqueza y, en algunos casos, hasta el 90 por ciento.

Los datos del 2011 para Francia muestran que el 10 por ciento más rico posee el 62 por ciento de la riqueza, mientras que el 50 por ciento más pobre solo posee el 4 por ciento y, para EE. UU., los datos de la FED muestran qué decil más alto cuenta con el 62 por ciento de toda la riqueza y la mitad inferior solo tiene el 2 por ciento.

Piketty considera que la solución no vendrá del mercado y recomienda recurrir a la política pública para hacer que la economía crezca a la par con el rendimiento del capital, y propone un impuesto progresivo a las personas más ricas de 0,1 a 0,5 por ciento sobre fortunas menores a un millón de euros, el 1 por ciento para patrimonios entre 1 y 5 millones de euros, el 2 por ciento para casos entre 5 y 10, y entre 5 y 10 por ciento para quienes tengan más de 100 millones de euros.

Stiglitz y Krugman han valorado positivamente los aportes de Piketty, pero hay críticas referidas a cuestiones metodológicas, que pretenden poner en tela de juicio su tesis central.

The Guardian ha valorado la novedosa argumentación de Piketty, pero Financial Times aseguró que el libro de Piketty tiene información errónea y sostuvo que "el economista francés comete errores en las proyecciones que hace para épocas en las que no había información" y, además, "se equivoca repetidas veces en el método que usa para distintos países y hace un uso tendencioso de las estadísticas".

El editor de Financial Times, Chris Giles, sostiene que el libro miente al decir que el 71 por ciento de la riqueza del Reino Unido está concentrada en el 10 por ciento de la población, pues la Oficina de Estadística sostiene que solo llega al 44 por ciento, pero esta medición solo tiene datos desde el 2006 y está en fase experimental.

Piketty ha dicho que "es posible que mi estimación de la concentración de la riqueza sea conservadora y que la realidad sea peor de lo que he medido". En declaraciones a Newsweek declaró que: "lo que en realidad es más deshonesto es que las pequeñas correcciones que Financial Times hizo no tienen incidencia en el argumento central del libro" (Portafolio mayo 28/14).

Y agregó que "existen otras investigaciones publicadas después del libro que refuerzan la tesis de que la concentración de la riqueza ha aumentado, pero lamenta que extrañamente el Financial Times no las cita".

The Economist (mayo 29/14) ha catalogado a Piketty como el nuevo Marx, pero la critica marxista se centra en la producción, en tanto que Piketty se refiere a la distribución, y cree que el colapso del capitalismo se genera por la desigualdad, mientras que Marx lo atribuía al descenso de la tasa de ganancia.

Beethoven Herrera Valencia*

Profesor de las universidades Nacional y Externando.


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Monday, June 23, 2014

AXEL KAISER: La élite y la lectura

La élite y la lectura

  • Por Axel Kaiser

    Si hay algo que caracteriza a las sociedades culturalmente -y económicamente- desarrolladas, es que en ellas, las élites leen.

    Chile tiene desafíos relevantes en esta materia. Y es que uno de problemas propios de un país con una élite emergente es precisamente el poco interés intelectual que suelen tener quienes han hecho fortuna en una o dos generaciones. Y puesto que el destino de los países, especialmente de los emergentes, depende en gran medida de la forma en que las élites se involucran en los asuntos públicos, y sobre todo del modo en que estas logran que el resto las perciba, una comprensión integral del mundo y del ser humano resulta esencial para la sana convivencia y la proyección del sistema económico y social existente.

    Esta comprensión es la que antiguamente otorgaba la educación clásica. Obras de Platón, Cicerón, Shakespeare, Goethe, Aristóteles y tantos otros, así como la música de un Mozart o un Beethoven y el arte de un Goya o un Rafael, eran parte de la cultura general en todo círculo social influyente en países avanzados. Y también lo era en el mundo de la política, hoy reducido a la chabacanería y el slogan. Si usted revisa la historia de Estados Unidos, por ejemplo, se percatará de que los padres fundadores de ese país eran ciudadanos sin alcurnia de ningún tipo. Todos, sin embargo, eran personas cultísimas formadas en la alta teoría política, en historia, derecho, filosofía, economía y literatura. Hasta el día de hoy los escritos de Madison, Jefferson, Franklin, Hamilton, Adams y tantos otros que sentaron las bases intelectuales e institucionales de Estados Unidos, se estudian como fuente inagotable de riqueza filosófica y sabiduría política. Estados Unidos entonces, mucho antes de haber sido una potencia relevante en algún sentido, tuvo una élite compuesta por individuos extraordinariamente ilustrados. Pero si los padres fundadores americanos, en lugar de haber dedicado buena parte de sus vidas a la lectura, se hubieran empecinado únicamente en acumular dinero, probablemente Estados Unidos no habría pasado de ser una colonia británica de segunda categoría.

    Parte de la tragedia que vivimos hoy en Chile, en que se pretende hacer una tabla rasa con nuestras instituciones para volver a la clásica mediocridad latinoamericana, tiene que ver con el excesivo descuido que la élite, salvo notables excepciones, ha tenido del mundo intelectual y cultural. En otras palabras, porque no se cultiva a sí misma ha carecido de las herramientas para entender su entorno y para relacionarse constructivamente con él. Cuántas veces, por ejemplo, no se oyó el burdo argumento, derivado de un economicismo simplón, de que mientras las personas fueran a los malls a comprar el sistema de libre empresa estaba garantizado. Habría bastado leer a Adam Smith, filósofo moral antes que economista, para haber advertido la tosquedad de esa idea.

    También los miles de pequeños excesos que se cometen día a día por muchas grandes empresas reflejan falta de profundidad cultural, pues lo único que realmente se logra es minar la credibilidad del enorme aporte que sin duda han hecho al país esas mismas empresas en el largo plazo. Y de eso se alimentan quienes empujan por el regreso del populismo redistributivo estatista.

    Una dirigencia empresarial culta entendería que su propia subsistencia depende a la larga de la confianza que es capaz de generar con sus clientes y la sociedad, y que ella no pasa por hacer buen marketing sino por jugar limpiamente a todo nivel. Se podrá argumentar que la vida empresarial muchas veces deja poco tiempo para leer e ilustrarse y es verdad. Pero eso se aplica en todos los países del mundo. La diferencia es que en otros no se descuida de manera tan generalizada el mundo intelectual y cultural como en Chile. Las élites en otros rincones se hacen cargo de fomentar las artes y la cultura entre sí y entre los demás miembros de la comunidad. Y también se encargan, al menos en parte, de mantener vibrantes en la sociedad aquellos valores e ideas que permiten conservar las instituciones a las cuales ellas mismas se deben.

Fuente:

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Monday, June 16, 2014

La mala racha

Opinión interesante 

La mala racha


Para el economista francés de moda, Thomas Piketty, la desigualdad es consustancial al capitalismo
AGUSTÍN MORENO | 16/6/2014 10:32
Thomas_Piketty_Cambridge_Massachussets

Piketty, el pasado 18 de abril, durante la presentación de su libro 'El capitalismo en el siglo XXI' en Cambridge (Massachusetts, EEUU). / Wikipedia

El otro día en la cola del mercado se lamentaba una señora de mediana edad de la situación que vivimos y concluía ¡A ver si pasa la mala racha! No partía de un análisis global del estado de la economía del país y del mundo. Más bien desde su experiencia personal y directa: quizá hijos en paro, marido despedido, dificultades para llegar a fin de mes. Aquel comentario, entre amargo e ingenuo, parecía una jaculatoria, un lugar común. Excluyendo de toda responsabilidad a la acciónantrópica de la existencia de pobreza, paro y precariedad. Como si se debieran a leyes inmutables de la naturaleza, como la sucesión de la lluvia y la sequía. Y como si las soluciones tuvieran que venir de un pensamiento mágico. 

La expresión era un deseo sin ninguna base racional. Equivalía al "a ver si nos toca la lotería" o"cambia la suerte en la ruleta" o "Dios aprieta pero no ahoga". Pero, como bien sabemos, la lotería no nos suele tocar, en la ruleta siempre gana la banca y no sé dios, pero esta crisis, convertida en estafa, sí que nos ahogan. Veamos que dicen solventes autores para intentar entender lo que pasa.

Para el economista francés de moda, Thomas Piketty, la desigualdad es consustancial al capitalismo. Plantea que estamos en una fase de su desarrollo, con las políticas neoliberales que es un auténtico desiderátum y donde la brecha entre los ricos y el resto de la población es enorme. Lo formula diciendo que la desigualdad de renta y de riqueza crecerá siempre que la tasa de remuneración del capital sea superior que el crecimiento de la  economía. Es decir, rompe la falacia interesada de que el capitalismo extiende la riqueza y con ella las libertades y la democracia. Y esta situación tiene consecuencias y riesgos: aumenta la pobreza y la exclusión, desaparece la clase media, el ascensor social se queda bloqueado entre dos pisos y sin salida. La sociedad se estratifica en un 1% muy rico y el restante 99%.

Noam Chomsky afirma que el sistema funciona muy bien para los poderosos. La inmensa mayoría de la población se ha empobrecido, pero una exigua minoría es obscenamente más rica. Y los bancos se aseguran siempre los beneficios chantajeando a los gobiernos desde lo que Dean Baker llama el "estado-niñera conservador", porque "son demasiado grandes para quebrar" en abierta contradicción con su doctrina neoliberal. Los únicos que trabajan sin red son las personas más débiles y vulnerables, que se convierten en víctimas de este sistema depredador. Por ello Chomsky llega a afirmar que cree que la supervivencia de la especie humana decente está en juego.

Las cosas no son de ahora. En los años 70 el capitalismo se planteaba desmontar el estado social, reducir los impuestos, devolver al mercado servicios públicos rentables y bajar los salarios para mejorar la tasa de ganancia del capital. Eran (y son) las llamadas políticas neoliberales que enterraron a Keynes y entronizaron a Milton Friedman cono economista de cabecera del capitalismo más salvaje. Para sacar adelante sus tesis y llevarlas a la práctica necesitaban derrotar al movimiento obrero. Fue lo que hicieron Thatcher y Reagan. Es lo que explica muy bien, para el caso inglés, pero no solo, Owen Jones en su obra "La demonización de la clase obrera" (Capitán Swing, 2011). La convirtieron en chavriff-raff (que diría Ken Loach), chusma en argot castellano.

Necesitaban romper el espinazo a la clase trabajadora y a sus organizaciones. Y lo están consiguiendo. Warren Buffet, la cuarta fortuna del mundo, reconocía cínicamente que claro que"la lucha de clases sigue existiendo, pero es la mía, la de los ricos, la que va ganando". Y por goleada. Para ganar su guerra de clases, la oligarquía de toda la vida recurre a los servicios y al apoyo de una casta de títeres políticos que van desde reyes a la derecha de siempre o a la socialdemocracia descafeinada. Para ello vacían de contenido la democracia, controlan el poder político y legislativo, recurren a la manipulación informativa y a la represión. No está mal el populismo antielitista, pero no es suficiente para crear una sólida conciencia ciudadana de lo que está pasando.

Los oligarcas siguen en el empeño. Veamos dos ejemplos en España. Por una parte, la tan proclamada recuperación de Rajoy consiste en que las empresas del Ibex-35 han ganado más de 7.200 millones de euros hasta marzo, mientras que la subida salarial en los  convenios hasta mayo de 2014 no llega al 0,1%. Como ejemplo de represión, ahora mismo en nuestro país sepiden más de 100 años de cárcel a trabajadores por participar en piquetes en las dos últimas huelgas generales.

Estaremos perdidos los ciudadanos mientras no sepamos que lo que vivimos no es otra cosa que un saqueo de nuestros derechos y libertades. Que no es algo pasajero, sino una actitud de permanente rapiña del capitalismo globalizado y de las políticas neoliberales. La desigualdad es tan brutal e injusta que los 85 más ricos del mundo tienen tanta riqueza como 3.500 millones de personas. Pura pornografía incompatible con la democracia, que solo se puede imponer por la fuerza. Y ello genera serios riesgos de barbarie por el debilitamiento de la democracia, la ausencia de justicia social y el deterioro medioambiental irreversible.

Mal estamos mientras la señora del comienzo no entienda que nada de lo que nos pasa es el resultado de una ley natural  o matemática. Todo es política. Para cambiarla hay que recuperar la política entendida como la ciudadanía decidiendo sobre recursos, prioridades y medidas. Construyendo alternativas de cambio para pasar de la retórica al programa político. Con participación y movilización amplia y sostenida. Creando nuevos espacios de producción, intercambio y consumo que busquen una vida buena y la felicidad de las gentes. Pero nada será posible si antes no tenemos muy claro que la mala racha son ellos, el capitalismo y los gestores de un partido amañado.


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Wednesday, June 11, 2014

ALGO MÁS SOBRE EL FAMOSO LIBRO DE THOMAS PIKETY "EL CAPITAL EN EL SIGLO XXI

Visitamos en París al autor de 'El capital en el siglo XXI' y analizamos las razones de que se haya convertido en el libro del año (y del decenio)


El capitalismo según Piketty


'El capital en el siglo XXI' pone en entredicho el mito de que el capitalismo mejora la vida de todos | "He querido 


dirigir el libro al lector general, con información bien clara para todo aquel que quiera leerlo"



Cultura | 11/06/2014 - 00:00h | Última actualización: 11/06/2014 - 09:45h


El capitalismo según Piketty

Portada del suplemento Cultura|s del miércoles 11 de junio de 2014 LVE

Andrew Hussey

Una de las consignas del movimiento del 15-M fue que "el capitalismo no funciona". Ahora, en una obra excepcional e innovadora ('El capital en el siglo XXI'), el economista francés Thomas Piketty explica por qué eso es cierto, y sus tesis han suscitado un debate internacional. Nos encontramos con Piketty en su facultad parisina y analizamos a fondo el que ya puede decirse que es el libro del año 2014


La Escuela de Economía de París está situada en una parte muy poco parisina de la ciudad. Se encuentra en el bulevar Jourdan, en el extremo inferior del 14e arrondissement, junto al parque Montsouris. A diferencia de lo que ocurre en la mayoría de jardines franceses, ese parque exhibe una absoluta falta de rigor cartesiano; en realidad, con su lago, sus espacios abiertos y sus entrometidos y golosos patos, muy bien podría estar situado en cualquier ciudad británica. En cambio, el pequeño campus de la Escuela de Economía de París se parece inconfundible y reconfortantemente al de casi todos los campus universitarios franceses. Es decir, que es gris, monótono, destartalado y con pasillos que huelen vagamente a col. Es ahí donde he concertado una entrevista con el profesor Thomas Piketty, un tímido joven francés (tiene cuarenta y pocos años) que ha pasado la mayor parte de su carrera en archivos y recopilando datos, pero que está a punto de convertirse en el pensador más importante de su generación; un pensador independiente y un demócrata -según lo definió el profesor de Yale Jacob Hacker- que se ha convertido nada menos que en "un Alexis de Tocqueville para el siglo XXI".

Y ello a causa de su última obra, titulada El capital en el siglo XXI. Se trata de un libro voluminoso, de alrededor de un millar de páginas, lleno de notas, gráficos y fórmulas matemáticas. A primera vista, su aspecto es descaradamente académico, abrumador e incomprensible al mismo tiempo. El caso es que, a lo largo de los últimos meses, el libro ha desatado en Estados Unidos acalorados debates acerca de la dinámica del capitalismo y, en especial, acerca del auge aparentemente imparable de la minúscula élite que controla una porción cada vez mayor de la riqueza del mundo. También ha suscitado polémicas acerca del poder y el dinero en sitios web y blogs no especializados, y ha puesto en entredicho el mito que constituye el núcleo mismo de la vida estadounidense: que el capitalismo mejora la calidad de vida de todos. No es exactamente así, afirma Piketty, quien lo demuestra de un modo claro y riguroso echando por tierra todo aquello en lo cual creen los capitalistas sobre la ética de ganar dinero.

El carácter innovador del libro ha sido reconocido en un largo artículo publicado en The New Yorker, en el que se cita a Branko Milanovic -antiguo economista jefe del Banco Mundial-, quien describe el volumen de Piketty como "uno de los libros decisivos del pensamiento económico". En la misma línea, un colaborador de The Economist ha afirmado que la obra de Piketty ha reescrito doscientos años de pensamiento económico sobre la desigualdad. De modo muy resumido, las polémicas se han centrado en dos polos: el primero es la tradición iniciada por Karl Marx, quien creyó que el capitalismo acabaría autodestruyéndose en la interminable búsqueda de unos rendimientos decrecientes. En el extremo opuesto del espectro se encuentra la obra de Simon Kuznets, ganador del premio Nobel en 1971, para quien la brecha de la desigualdad se reduce forzosamente a medida que las economías evolucionan y se hacen más desarrolladas.

Según Piketty, ninguno de esos razonamientos se sostiene frente a las pruebas que él ha acumulado. Es más, logra demostrar que no hay razón para creer que el capitalismo sea capaz de resolver el problema de la desigualdad; un problema, que, según insiste, lejos de mejorar, empeora. De la crisis bancaria del 2008 al movimiento indignado del 2011, es algo que ya había sido intuido por la gente común. La singular importancia de su libro es que demuestra de modo científico que esa intuición es correcta. Por eso el libro ha traspasado los círculos especializados, porque dice lo que muchas personas ya piensan.

"He querido dirigir el libro al lector general", afirma Piketty al inicio de nuestra conversación, "y, aunque es a todas luces un libro susceptible de ser leído también por especialistas, mi objetivo era que la información esté bien clara para todo el que quiera leerlo." En realidad, hay que decir que El capital en el siglo XXI es sorprendentemente legible. Está repleto de anécdotas y referencias literarias que iluminan toda la narración. En inglés, ha sido una gran ayuda la ágil traducción de Arthur Goldhammer, un gran estilista literario que se ha enfrentado a autores de la talla de Albert Camus. No obstante, contemplando en las estanterías del despacho de Piketty títulos tan fácilmente inductores de jaqueca como Principios de microeconomía y La influencia política del keynesianismo, una persona corriente como yo necesita alguna ayuda adicional. Así que le hice la pregunta más evidente de todas: ¿cuál es la idea fundamental que recorre todo el libro?

"Empecé investigando un problema muy concreto", dice en un inglés teñido de un elegante acento francés. "Hace unos años me pregunté dónde estaban los datos brutos que sostenían todas las teorías acerca de la desigualdad, desde David Ricardo y Marx hasta los pensadores más contemporáneos. Empecé buscando en Gran Bretaña y Estados Unidos y descubrí que no había gran cosa. Y luego descubrí que los datos existentes contradecían casi todas las teorías, incluidas las de Ricardo y Marx. Cuando me puse a estudiar otros países, vi que aparecía un patrón: que el capital, y el dinero producido por él, se acumula más deprisa que el crecimiento en las sociedades capitalistas. Y que ese patrón, observado en el siglo XIX, se hizo más predominante a partir de la década de 1980, cuando se eliminaron los controles sobre el capital en muchos países ricos."

De modo que la tesis de Piketty, respaldada por una exhaustiva investigación, es que la desigualdad económica del siglo XXI está en aumento y se acelera a un ritmo peligroso. De entrada, este análisis modifica el modo en que consideramos el pasado. Ya sabíamos que el final del capitalismo predicho por Marx nunca se produjo; y que incluso en el momento de la revolución rusa de 1917 ya estaban subiendo los salarios del resto de Europa. También sabíamos que Rusia era según todos los parámetros el país menos desarrollado de Europa y que por esa razón arraigó allí el comunismo. Sin embargo, Piketty añade que fueron las diversas crisis del siglo XX (principalmente, dos guerras mundiales) las que impidieron el crecimiento continuado de la riqueza nivelando temporal y artificialmente la desigualdad. En contra de nuestra percepción del siglo XX como una época en la que disminuyó la desigualdad, lo cierto es que en términos reales no dejó de crecer.

En el siglo XXI, es así no sólo en los llamados países ricos (Estados Unidos, Gran Bretaña y Europa occidental), sino también en Rusia, China y otros países en fase emergente de desarrollo. Existe un peligro real de que si no se detiene el proceso la pobreza aumente al mismo ritmo; y, según Piketty, muy bien puede resultar que el siglo XXI sea un siglo con más desigualdad y, por lo tanto, más discordia social que el siglo XIX. 

Cuando me explica sus ideas con fórmulas y teoremas, todo me suena demasiado técnico (tuve problemas con las matemáticas en la escuela primaria). Sin embargo, siguiendo atentamente sus explicaciones (es un buen maestro, muy paciente) y descomponiendo el análisis en pequeños fragmentos, todo empieza a cobrar sentido. Piketty explica a su principiante que la renta es un flujo, que se mueve y puede crecer según el rendimiento. El capital es un patrimonio, su riqueza procede de lo que se ha acumulado "a lo largo de todos los años anteriores juntos". Es un poco como la diferencia entre tener un descubierto y tener una hipoteca; y si uno no consigue ser dueño de la propia casa nunca tendrá patrimonio alguno y siempre será pobre.

En otras palabras, lo que está diciendo en términos globales es que quienes poseen capital y activos generadores de riqueza (como, por ejemplo, un príncipe saudí) siempre serán más ricos que los emprendedores que intentan conseguir capital. La tendencia del capitalismo en este modelo concentra cada vez más riqueza en manos de cada vez menos personas. ¿Acaso no lo sabíamos ya? ¿Que los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres? ¿No cantaban acerca de eso mismo los Clash y otros grupos en la década de los setenta? 

"Bueno, en realidad, no lo sabíamos, aunque podíamos haberlo sospechado", dice Piketty, animándose con el tema. "En primer lugar, es la primera vez que hemos reunido datos que demuestran que eso es así. En segundo lugar, es evidente que este movimiento, que está adquiriendo velocidad, tendrá implicaciones políticas: todos seremos más pobres en el futuro y eso es una situación que genera crisis. He demostrado que en las actuales circunstancias el capitalismo no puede funcionar."

De modo interesante, Piketty afirma ser un anglófilo y, de hecho, empezó su carrera investigadora con un estudio sobre el sistema del impuesto sobre la renta inglés ("uno de los mecanismos políticos más importantes de la historia"). Sin embargo, también afirma que los ingleses tienen una fe demasiado ciega en los mercados, que no siempre comprenden. Debatimos la actual crisis de las universidades británicas que, tras haber impuesto unas tasas de matrícula, ahora descubren que carecen de liquidez porque el gobierno no calculó bien lo que tendrían que pagar los estudiantes y no es capaz de asegurarse la devolución de los préstamos concedidos para el pago las matrículas. Dicho en otras palabras, el gobierno creyó que conseguía una fuente de ingresos introduciendo tasas de matrícula y, en realidad, al no poder controlar todas las variables del mercado, lo que hizo fue apostar con dinero público y parece que va a perder de modo espectacular. Piketty dice con una sonrisa: "Es el ejemplo perfecto de cómo provocar deuda en el sector público. Algo increíble y difícil de concebir en Francia".

A pesar de su simpatía por Gran Bretaña y Estados Unidos, Piketty confiesa que sólo se siente cómodo en Francia. El capital en el siglo XXI contiene una multitud de referencias francesas (una figura clave es el historiador François Furet); y Piketty admite que el panorama político que mejor comprende es el francés. Creció en Clichy, en un barrio principalmente de clase trabajadora. Sus padres eran militantes de Lucha Obrera, un partido trotskista que aún goza de bastante predicamento en Francia. Como muchos en aquellos años, decepcionados por el fracaso de la casi revolución de Mayo del 68, se retiraron a criar cabras cerca de Carcasona (la clásica trayectoria de muchos progres de esa generación). Sin embargo, el joven Piketty estudió en París y acabó obteniendo un doctorado en la Escuela de Economía de Londres a los 22 años. Luego se fue al Instituto de Tecnología de Massachusetts, donde destacó como profesor, y acabó regresando a París y se convirtió en el primer director de la escuela en la que tiene lugar la entrevista.

Su propio itinerario político empezó, me cuenta, con la caída del muro de Berlín en 1989. Viajó a Europa oriental y quedó fascinado por las ruinas del comunismo. Fue esa fascinación inicial la que lo llevó a emprender una carrera como economista. También influyó en él la guerra del Golfo de 1991. "Vi entonces que muchas malas decisiones eran tomadas por los políticos porque no sabían de economía. Yo no soy político. No es mi trabajo. Pero me encantaría que los políticos leyeran mi obra y sacaran conclusiones de ella."

La afirmación es un tanto equívoca, puesto que Piketty sí que trabajó como consejero de Ségolène Royal en el 2007, cuando la dirigente socialista fue candidata en las elecciones presidenciales. No fue una etapa feliz para él, puesto que por esa misma época acabó entre enconadas acusaciones mutuas su romance con la política y novelista Aurélie Filipetti, otra seguidora de Royal. Se entiende que, tras aquel turbio asunto, Piketty quiera distanciarse del fragor y las trifulcas de la política diaria.

No importa, ¿Qué hemos aprendido? Que el capitalismo es malo. Muy bien. ¿Cuál es la respuesta? ¿El socialismo? Es de esperar. "No es tan sencillo", afirma, decepcionando a este antiguo adolescente marxista. "Lo que defiendo es un impuesto progresivo, un impuesto global, basado en la imposición a la propiedad privada. Es la única solución civilizada. Las otras son, en mi opinión, mucho más bárbaras; y me refiero al sistema oligárquico ruso, en el que no creo, y a la inflación, que en realidad sólo es un impuesto sobre los pobres." Explica que la oligarquía, en especial el actual modelo ruso, no es más que el gobierno de los muy ricos sobre la mayoría. Es un sistema tiránico y que no se diferencia mucho de una forma de gangsterismo. Añade que la inflación no suele afectar a los muy ricos, porque su riqueza aumenta de todas formas; los pobres, en cambio, se llevan la peor parte porque aumenta el coste de vida. Un impuesto progresivo sobre la riqueza es la única solución sensata.

Sin embargo, aunque cuanto dice tiene sentido, y no sólo sentido sino mucho sentido común, le comento que ningún partido político, de derechas o de izquierdas, se atrevería a acudir en Gran Bretaña o Estados Unidos a las urnas con unas propuestas tan idealistas. François Hollande recibe hoy un rechazo generalizado no por sus aventuras sexuales (que, en realidad, le valen una amplia admiración), sino por el severo régimen impositivo que intenta imponer.

"Es verdad", dice Piketty. "Claro que es verdad. Pero también es verdad, como mis colegas y yo hemos demostrado en este libro, que la presente situación no puede sostenerse por mucho tiempo. No se trata necesariamente de una visión apocalíptica. He hecho un diagnóstico de situaciones pasadas y presentes, y creo que hay soluciones. Pero antes de ponerlas en práctica, tenemos que comprender la situación. Cuando empecé a recopilar datos, me quedé muy sorprendido de lo que encontraba, que la desigualdad crece muy deprisa y que el capitalismo no parece estar en condiciones de eliminarla. Muchos economistas empiezan al revés, haciéndose preguntas acerca de la pobreza; pero lo que yo quería comprender era de qué forma actúa la riqueza o la superriqueza para aumentar la brecha de desigualdad. Y lo que encontré, como decía, es que la velocidad a la que crece la brecha de la desigualdad es cada vez mayor. Tiene uno que preguntarse qué significa eso para la gente corriente, para los que no son multimillonarios ni lo serán nunca. Bueno, creo que significa ante todo un deterioro del bienestar económico colectivo; en otras palabras, una degradación del sector público. Sólo hay que ver lo que quiere hacer Obama (reducir la desigualdad en la asistencia sanitaria y en otros ámbitos) y lo difícil que resulta conseguir eso para comprender lo importante que es. Existe entre los capitalistas una creencia fundamentalista según la cual el capital salvará el mundo y no es así. No por lo que dijo Marx acerca de las contradicciones del capitalismo, sino porque, como he descubierto, el capital es un fin en sí mismo y nada más."

Piketty pronuncia su charla, erudita y convincente, con pasión tranquila. Es, da la impresión, un personaje un tanto tímido y retraído, pero le encanta su tema y, en realidad, es un placer encontrarse en medio de un seminario privado sobre el dinero y cómo funciona. Es cierto que su libro es largo y complejo, pero sus exposiciones acerca del modo cómo funciona el mundo capitalista son comprensibles por todos los que viven en él (es decir, todos nosotros). Una de las más penetrantes es la que se refiere al auge de los directivos o superdirectivos, que no producen riqueza, sino que obtienen de ella un salario. En realidad, sostiene Piketty, se trata de una forma de robo, aunque ese no es el peor delito de los superdirectivos. Mucho más perjudicial es el modo en que se han embarcado en una competencia con los multimillonarios, cuya riqueza -que se acelera más allá de la economía- será siempre inalcanzable. Eso crea una carrera permanente en la que las víctimas son los perdedores, es decir, la gente corriente que no aspira a semejante posición o riqueza, pero que no obstante es despreciada por los presidentes, vicepresidentes y otros lobos de Wall Street. En ese apartado, Piketty hace trizas una de las grandes mentiras del siglo XXI: que los superdirectivos se merecen sus sueldos porque, como los futbolistas, poseen habilidades especializadas poseídas sólo por una élite casi sobrehumana.

"Una de las grandes fuerzas divisivas que existen hoy -afirma-, es lo que llamo el extremismo meritocrático. Es el conflicto entre multimillonarios, cuya renta procede de la propiedad y los activos, como en el caso de un príncipe saudí, y los superdirectivos. Ninguna de esas dos categorías hace o produce nada salvo su propia riqueza; en realidad, se trata de una superriqueza separada por completo de la realidad cotidiana del mercado, que rige la vida de la mayoría de las personas ordinarias. Peor aun, ambos grupos compiten entre sí para incrementar su riqueza; y el peor de todos los escenarios es el modo en que los superdirectivos, cuya renta se basa realmente en la codicia, siguen subiéndose los sueldos al margen de la realidad del mercado. Es lo que sucedió con los bancos en el 2008, por ejemplo".

Este es el tipo de pensamiento que hace tan atractiva y fascinante la obra de Piketty. A diferencia de muchos economistas, insiste en que el pensamiento económico no puede separarse de la historia o la política; eso proporciona al libro un carácter, definido por el premio Nobel estadounidense Paul Krugman, como "excepcional" y de "visión panorámica". La influencia de Piketty está creciendo mucho más allá de la reducida microsociedad de los economistas universitarios. En Francia es cada día más conocido por sus comentarios sobre los asuntos públicos, con artículos en Le Monde y Libération, sobre todo; y sus ideas son debatidas con frecuencia por políticos de todas las tendencias en programas de actualidad. De modo quizás más importante y menos usual, su influencia está creciendo en las corrientes dominantes de la política angloestadounidense (al parecer, su libro es uno de los favoritos entre el círculo de Ed Miliband, líder del Partido Laborista británico), un entorno tradicionalmente indiferente a los profesores de economía franceses. A medida que aumenta la pobreza en todo el planeta, todo el mundo está obligado a escuchar a Piketty con gran atención. Sin embargo, aunque su diagnóstico es preciso y convincente, resulta difícil, cuando no imposible, imaginar que la cura propuesta (impuestos y más impuestos) pueda ponerse en práctica en un mundo donde, desde Pekín hasta Washington pasando por Moscú, es el dinero y sus mayores acumuladores quienes llevan la batuta.



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Saludos
Rodrigo González Fernández
Diplomado en "Responsabilidad Social Empresarial" de la ONU
Diplomado en "Gestión del Conocimiento" de la ONU
Diplomado en Gerencia en Administracion Publica ONU
Diplomado en Coaching Ejecutivo ONU( 
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