Wednesday, March 10, 2010

El poder del coleccionismo

El poder del coleccionismo
 
Teresa del Conde/ I
 
Recientemente se presentó en el museo Carrillo Gil el libro de Ana Garduño que obedece a este título, del que conocíamos y mencionábamos fragmentos a partir de su tesis doctoral. Gira en torno al doctor Alvar Carrillo Gil.

En lo personal, considero que la edición (Universidad Nacional Autónoma de México, colección posgrado) se encuentra en estadio intermedio –actualmente ya es fuente indispensable de consulta–, pero todavía no alcanza su forma definitiva, que quizá debe abarcar dos volúmenes, en tiraje amplio y con selección de ilustraciones.

Lo digo por su relevancia y también por el hecho de que el diseño conserva formato de tesis, de modo que parte considerable del material está en las notas que siguen a cada capítulo.

Contiene verificaciones y aun reflexiones, que en algunos casos deben subir al texto principal, especialmente cuando este trata cuestiones tan interesantes como la que se suscitó en la segunda mitad de los años 50 del siglo pasado entre el doctor Carrillo Gil y el entonces jefe de Artes Plásticas del Instituto Nacional de Bellas Artes, Miguel Salas Anzúres (fallecido en 1966) a seis años de haberse efectuado la segunda Bienal Interamericana, que ya no dio lugar ni siquiera a una tercera, como se planteó en aquel entonces.

El tema de las bienales interamericanas (es incorrecto denominarlas "bienales mexicanas") ha sido tratado por varios autores, entre los que me incluyo, con la salvedad de que la vivacidad y los entretejes de la polémica Carrillo Gil-INBA, que llegó a redundar hasta en insultos, resulta en cierto modo inédita.

Para los historiadores del arte (y en general para la historia de la cultura) esta investigación ofrece vectores que involucran directamente a la política cultural del Estado mexicano, con sus puntos positivos y sus innumerables fallas.

Obedeciendo a cierta amargura que ha aquejado a todos los que por lapsos nos hemos ocupado de exposiciones y de museos, la autora reitera un hecho incontestable:

"Aunque el Estado estimuló la producción de murales, no participó de manera directa en la distribución y consumo de las obras de arte de pequeño (y mediano o gran) formato" pintura de caballete, gráfica y escultura.

La cuestión se repite varias veces: "Si el Estado prácticamente no coleccionaba, el consumo lo ejercían, en su mayoría, individuos a título personal", y es en este contexto en el que la punta de lanza se personifica en el pediatra yucateco cuyas actividades empresariales en torno a productos farmacéuticos le depararon la fortuna necesaria que propició, según sus propias palabras, "esa enfermedad incurable y fatídica del coleccionismo".

La autora no se involucra, y así lo declara, en los vericuetos sicológicos de diversa índole que suelen acompañar esa moción. En cambio examina a fondo la serie de actividades paralelas que su protagonista desarrolló, llegando a convertirlo en un espécimen poderoso y muy peculiar de coleccionista.

A eso contribuyó el contexto histórico, político y económico de México durante el tiempo en el que el doctor (paulatinamente alejado de su profesión médica) empezó a coleccionar, partiendo, como es bien sabido de José Clemente Orozco, su ídolo, para ir incursionando en la producción de otros artistas, fuere que conservara su amistad, como sucedió en el caso de Siqueiros, o bien que llegara a repudiarlos, vendiendo piezas del propio acervo reunido, cosa que por lo demás es común al coleccionismo serio.

De primer envite, el libro intimida un poco. Cuenta con 556 páginas de texto, además de un apéndice de otras 100 páginas o más. La agilidad con la que la autora maneja sus fuentes, las disquisiciones entre los principales protagonistas, el sentido crítico, los contrapuntos logrados, hacen de su lectura no una tarea, sino una actividad, a fuer de interesante, placentera.

La única reserva que quizá presenta su lectura es la reiteración de ciertos puntos ubicados en los varios capítulos y creo que eso es rasgo que suele presentarse en los trabajos que van efectuándose en la computadora. Es difícil –a menos que continuamente se hagan impresiones– mantener la visión íntegra del conjunto, a lo que se añade una bibliografía excesiva, no siempre relacionada con el tema, lo que se adhiere a la ausencia de uno que otro trabajo que sí se le vincula.

Ya que este tipo de trabajos, como anota Ana Garduño, escasean, las omisiones de autores que en alguna medida han ofrecido contribuciones (recuerdo, por ejemplo, a Enrique Franco Calvo) alcanzan relevancia.

 
RODRIGO  GONZALEZ  FERNANDEZ
DIPLOMADO EN RSE DE LA ONU
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