Wednesday, February 14, 2007

Los peligros de la democracia totalitaria

DERECHO, LEGISLACIÓN Y LIBERTAD

Los peligros de la democracia totalitaria

Por José Carlos Rodríguez

Friedrich Hayek.
Friedrich Hayek es la principal inspiración intelectual del liberalismo de las últimas décadas. Sus ideales son sencillos: libertad y justicia. Y aunque el armazón teórico con que los defendió tiene cierta complejidad, su enorme poder explicativo ha atraído a muchos. De sus obras, Derecho, legislación y libertad es la más ambiciosa y completa. Por primera vez, ahora tenemos la oportunidad de leerla en castellano en un solo volumen.
Pese a que Hayek concibió la obra como un todo, al final acabó publicando por separado las partes que la conforman (Normas y orden, El espejismo de la justicia social y El orden político de un pueblo libre), tras ver cómo la empresa se prolongaba más de lo que él hubiera deseado y por temor a que se le agotara la vida: no quería dejar su trabajo inédito. 
 
En nuestro país, Unión Editorial publicó las tres partes por separado, todas ellas traducidas al español florido por Luis Reig. Ahora las publica agrupadas en un solo volumen, y vertidas a un español más manejable. Ambas decisiones son un acierto, aunque hayamos de lamentar que con la nueva traducción se haya perdido en precisión conceptual.
 
Hayek describe aquí cómo se ha ido transformando el concepto de derecho, y cómo dicha transformación ha facilitado la aparición de las democracias totalitarias, que no sólo son ineficaces en la defensa de las libertades personales, que no sólo son débiles ante las apetencias de aquellos grupos organizados que logran hacer del Estado un instrumento a su servicio –en detrimento, claro, del conjunto de la sociedad–, sino que de hecho fomentan la progresiva corrupción del Derecho, es decir, de la base de las sociedades verdaderamente libres.
 
A juicio de nuestro autor, hay dos tipos de órdenes: los creados (taxis) por el hombre para servir a unos fines determinados (los gobiernos, los ejércitos, las empresas, etcétera) y los espontáneos o autogenerados (cosmos). Éstos, aunque son producto de las acciones de los hombres, no han sido diseñados o concebidos por nadie; son un resultado no previsto de la interacción humana.
 
Puesto que no sirven a ningún fin concreto, los órdenes espontáneos pueden llegar a ser muy complejos. Entre ellos se cuentan la sociedad y las instituciones en que ésta se asienta: el Derecho, la moral, las costumbres, el lenguaje, el mercado, etcétera.
 
Occidente ha sido la zona del mundo que antes se ha dotado de aquellas instituciones que posibilitan la aparición de las sociedades abiertas. Al Derecho Romano –que es de naturaleza consuetudinaria– debe la base de sus sistemas legales. En Gran Bretaña cuentan, además, con la Common Law, también consuetudinaria, sobre la cual se asientan un ordenamiento jurídico muy eficaz y la envidiable "libertad inglesa". Por lo que hace al comercio, sus normas han posibilitado la cooperación social más allá de los límites de la tribu y ensanchado, así, el mundo.
 
El problema es que el tribalismo siempre está ahí, acechante, y de continuo reaparece y se rebela contra las sociedades abiertas, que han hecho posible la multiplicación de la población y de la riqueza. El tribalismo pretende implantar en nuestras sociedades los esquemas morales que rigen en las sociedades tribales. Esquemas como el que subyace en el concepto de justicia social.
 
El Derecho ha ido definiendo un ámbito privado de actuación legítimo en torno a los valores de vida y propiedad. Las normas que han surgido de este modo tienden a tener un carácter negativo, en el sentido de que prohíben aquellos comportamientos que invaden los espacios legítimos de los demás individuos. En cambio, la justicia social no repara en el individuo, sino en la sociedad.
 
Para asegurarse los resultados considerados justos, la justicia social no puede confiar en el libre desarrollo de las sociedades, sin más límite que los establecidos por las normas que protegen los derechos de cada individuo. De ahí que haya surgido la tentación de reconstruir el entramado social desde cero.
 
En este punto, Hayek saca a colación la ignorancia, "la necesaria e irremediable ignorancia a la que estamos sometidos en relación con la mayor parte de los hechos particulares que determinan el comportamiento de cuantos integramos la sociedad". Y es que nadie puede tener un conocimiento completo, total, de la sociedad. Así las cosas, ¿cómo puede tener nadie la pretensión de reconstruirla desde los cimientos?
 
"La civilización descansa en el hecho de que todos nos beneficiamos de un conocimiento que no poseemos –nos explica nuestro autor–. Y una de las maneras en que la civilización nos ayuda a superar esa limitación en la extensión del conocimiento individual consiste en superar la ignorancia no mediante la adquisición de un mayor conocimiento, sino mediante la utilización del conocimiento que ya exista ampliamente disperso". Podemos hacer uso de dicho conocimiento por medio de las instituciones o, de un modo más concreto, por medio de ese sistema de señales constituido por los precios.
 
En la última parte del libro Hayek aborda el problema de la democracia totalitaria. "Durante dos siglos, desde el fin de la monarquía absoluta al nacimiento de la democracia ilimitada, el gran objetivo del gobierno constitucional se cifró en limitar todos los poderes del gobierno. Los principios fundamentales que fueron afirmándose gradualmente para evitar cualquier ejercicio arbitrario del poder fueron la separación de poderes, la soberanía del derecho, el sometimiento del gobierno a la ley. (...)  todos estos grandes principios liberales pasaron a segundo plano y hasta fueron casi olvidados cuando se pensó que el control democrático del gobierno hacía superfluo otro baluarte contra el uso arbitrario del poder". Surgió así la idea de que, dado que el Parlamento era elegido democráticamente, no resultaba necesario que estuviera sometido a norma previa alguna.
 
El Derecho ha pasado de ser algo objetivo, surgido del propio desarrollo social, a algo arbitrario; tan arbitrario que se ha llegado a dar el rango de derecho o de ley a todo aquello que sale de un órgano deliberativo fruto de un proceso democrático. El concepto de derecho se ha corrompido hasta disolverse y ha sido sustituido, con la inestimable colaboración del positivismo jurídico, por un conjunto de normas arbitrarias. Es la situación ideal para el asalto al Estado por parte de los grupos de interés organizados, que lo utilizan para sus propios fines y esgrimen para justificarse que cuentan con el sello legitimador de la democracia.
 
Las constituciones, que surgieron como método para someter el poder a un conjunto de principios, no han logrado su objetivo y han permitido el surgimiento de la democracia totalitaria, que tiene a la libertad como principal víctima.
 
Para detener este proceso, Hayek propone la elaboración de constituciones que respeten la antigua división entre el Derecho –las "normas de recta conducta" propias del orden espontáneo de la sociedad– y la labor de gestión de los Gobiernos, así como el establecimiento de sistemas bicamerales que abunden en la separación de poderes. En el esquema de Hayek, la Cámara legislativa se encargaría de reformar el Derecho heredado, sin pretender reformularlo ex novo, mientras que la gubernativa se ocuparía de los Presupuestos y de fiscalizar la labor del Ejecutivo. Toda vez que el Ejecutivo y la Cámara encargada de su control no tendrían influencia sobre el proceso de reforma del Derecho, sería de nuevo posible someter el poder a un auténtico Estado de Derecho.
 
Hay muchas razones que hacen de Derecho, legislación y libertad una lectura obligada; entre ellas, su viva actualidad, ya que Hayek nos habla en él de la democracia de hoy, de sus miserias y de sus riesgos, así como de sus virtudes. Su análisis político es certero, aunque poco halagüeño.
 
Muchos lectores, habituados a identificar el Derecho con lo que sale de los Parlamentos, se sorprenderán, y se sentirán reconfortados, al saber que aquél es anterior incluso al Estado, no digamos ya a la legislación, y que es mucho más justo y noble que los bodrios que engendra el juego político.
 
 
FRIEDRICH A. HAYEK: DERECHO, LEGISLACIÓN Y LIBERTAD. Unión Editorial (Madrid), 2006, 600 páginas.
Saludos cordiales
RODRIGO GONZALEZ FERNANDEZ
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Santiago, Chile

Juan Pablo Cárdenas:MANIFIESTO SOBRE LA POBREZA

Juan Pablo Cárdenas

PERIODISMO COMPROMETIDO (7)

Quienquiera sea tratado de infeliz, muy probablemente se ofenda y reaccione airadamente. Sin embargo, la inmensa mayoría de los chilenos reconoce en los sondeos de opinión pública que vive en la infelicidad y siente a diario el peso de una existencia con severas carencias materiales y espirituales. Las cifras son conocidas y elocuentes: el 10 por ciento de nuestra población vive en la miseria, es parte de un entorno familiar que entre todos su miembros suman apenas 120 mil pesos mensuales de ingreso.


Por Diario Electrónico
Publicado el 12 Feb 2007

MANIFIESTO SOBRE LA POBREZA

Juan Pablo Cárdenas

Quienquiera sea tratado de infeliz, muy probablemente se ofenda y reaccione airadamente. Sin embargo, la inmensa mayoría de los chilenos reconoce en los sondeos de opinión pública que vive en la infelicidad y siente a diario el peso de una existencia con severas carencias materiales y espirituales. Las cifras son conocidas y elocuentes: el 10 por ciento de nuestra población vive en la miseria, es parte de un entorno familiar que entre todos su miembros suman apenas 120 mil pesos mensuales de ingreso. Otro 35 por ciento, se dice, supera el umbral de la indigencia, puesto que entre todos los integrantes de un hogar alcanzan los 330 mil pesos. Un tercer grupo constituido por el 25 por ciento de los chilenos totaliza de promedio los 540 mil pesos de recaudo familiar y, finalmente, otros dos reducidos grupos disfrutan ingresos que superan los dos millones 500 mil pesos. Entre ellos, un dos por ciento cuya holgura es comparable a la de los más ricos en los países más pudientes de la Tierra.

Obtengo los datos de un “book” (así se le llama) publicado por la revista Capital, que ciertamente para nada se inspira en la obra maestra de Marx, y que ahora pertenece a uno de los grandes empresarios de la comunicación social. Pero este pequeño manual -debo reconocerlo- es muy ilustrativo de lo bien que se comportan nuestros índices macroeconómicos y de la forma en que nuestra economía trabaja para la globalización y el mercado mundial, pero no puede dejar de constatar la precariedad en que viven siete chilenos de cada diez chilenos. Desde los que tienen que mendigar o delinquir para comer, hasta aquellos que, comiendo todos los días, sólo es remota su posibilidad de ir al cine, adquirir un libro, salir de su ciudad o provincia. De alguna forma, el contenido de estas bien impresas paginitas nos dicen que para alcanzar el actual estadio de desarrollo ha sido necesario que la clase media se haya reducido a no más del 25 por ciento de la población y que el restringido salario de los pobres se constituya en la condición fundamental para que nuestra “canasta exportadora” asegure “ventajas comparativas” frente a los productos de otras naciones de la Tierra en que la mano de obra es mejor considerada.

Un país marcado por la realidad de la miseria, pero también por el escándalo de la opulencia en la cual vive un puñado de chilenos, que todos los días demanda más autopistas, exenciones tributarias y policías para vivir en paz, parapetarse en sus barrios exclusivos y salir a los balnearios o  aeropuertos de forma expedita. Para evitarse el desagrado, por supuesto, de cruzar las poblaciones callampas que a veces parecieran inexistentes en nuestro estratificado país si no fuera porque la televisión no puede evitarlas en su dilecta crónica roja. Nutriente fundamental, como se sabe, de nuestros noticiarios, a la hora que la frivolidad se toma respiro en la ansiedad comunicacional por obtener un buen reiting.

“Somos un país pobre”, se nos decía en el pasado para justificar nuestro subdesarrollo. “La única forma de erradicar la pobreza es crecer en forma sostenida”, nos señalaban. “Abramos el país a las inversiones extranjeras ya que ellas nos darán el trabajo y el bienestar que nos merecemos en este país” que, como también se nos advirtió, tenía un destino promisorio, pese a la desdicha de estar en un “mal barrio.” Pero ahora que tenemos un superávit envidiable, y hasta podemos darnos el lujo de prepagar nuestra deuda externa, resulta que se nos indica que sería inadecuado gastarse la plata de los enormes dividendos del cobre. Que tenemos que precavernos para el tiempo de las “vacas flacas”, porque inexorablemente las economías sufren altos y bajos y... no “vaya a ser cosa” que una nueva crisis mundial nos encuentre mal parados. Es decir, hambre para hoy, pan para mañana, según la ideología perversa y cicatera que nos rige.

Y en virtud de ello que todo siga prácticamente igual. Seamos francos: pensiones mínimas que sólo se reajusten en cinco o seis mil pesos, financiadas, por lo demás, con la mantención de la tasa del IVA, con lo cual la clase política traicionó su promesa de regresarla a un porcentaje más discreto. Sueldos y salarios que, a lo más, son reajustados apenas por encima de la tasa de inflación. Negativa total y represión, por ejemplo, para los trabajadores del cobre subcontratados que tuvieron la audacia de solicitar un bono único, dada la bonanza en el precio internacional y en consideración a sus evidentes desventajas respecto de aquellos trabajadores que tienen todavía la suerte de un contrato estable. Digamos, de paso, que más de un millón de hombres y mujeres se desempeñan ya bajo la modalidad de la subcontratación, “práctica que aumenta progresivamente en el desvergonzado descubrimiento empresarial que ésta disminuye los costos y optimiza la gestión productiva de sus compañías”, tal como se consigna en el último boletín de la Red Puentes Chile.

EL MITO DEL CRECIMIENTO CON EQUIDAD

Los pobres, al parecer seguirán esperando. Hay prioridades ineludibles como emprender gastos militares que avergüenzan nuestra tradición latinoamericanista y son un verdadero escupitajo a nuestros países “vecinos” y “hermanos” según términos que consignan las propias declaraciones de nuestra Cancillería. Nuevos y mortíferos aviones de combate, fragatas y tanques para resguardar nuestra pretendida soberanía sobre aquellas 200 millas marítimas, la Línea de la Concordia y las altas cumbres cordilleranas. Soberanía, por supuesto, que ya no es tal desde que las empresas pesqueras se enseñorean en nuestro Océano Pacífico y hasta  los propios témpanos se ceden a dominio extranjero. Tal como, antes, nuestros yacimientos, bosques y manantiales.

Millones y millones de divisas en fierros y tecnología belicista que podrían dar trabajo y financiar la recuperación de toda nuestras carreteras y calles que todavía no están en el ojo voraz de las empresas concesionadas y de los respectivos concesionadores públicos. Multimillonarios gastos militares que se financian con el 10 por ciento de las ventas del cobre, granjería que en la época de las protestas contra la Tiranía provocaba encendidos discursos y promesas que ahora no se oye político recordar. En la idea que la “mejor defensa es el ataque” pasamos a encabezar la lista de países en América Latina que más recursos destina a la adquisición de armamentos, más que el inmenso Brasil y la petromillonaria Venezuela, como acaba de consignarlo un diario europeo.

Recursos que, por cierto, podrían destinarse a viviendas más dignas que las que en cada invierno muestran la fragilidad de sus estructuras, así como la calidad moral de sus constructores. Pesos ganados por el sudor de la frente de los mineros y campesinos chilenos que van a las arcas de los recaudadores estadounidenses y europeos, a cambio de sus halagos que nos señalan como el país faro de América Latina por la solidez de nuestra economía e, incluso, de nuestra democracia. Adulaciones que nos ubican también en el cuadro de honor de la probidad y seguridad, por más que a diario surjan nuevas denuncias por malversaciones y fraudes al fisco ejercidos desde los municipios hasta las instancias superiores del Estado. En un país que empieza a acostumbrarse con crímenes cada vez más espeluznantes, la existencia de redes de pedófilos y asaltos de película que golpean hasta a los barrios mejor blindados, protegidos cada vez con más rejas, alarmas, perros adiestrados y guardias de seguridad.

No a los subsidios a los productos tan esenciales como el pan corriente y la leche. Inmisericordia estatal para aliviar los pagos imposibles de la luz, el agua, el gas y el transporte de los más pobres, cuya suma mensual por cierto se come totalmente el salario mínimo y constituye una pesadilla para la inmensa mayoría de los trabajadores que ganan menos de 350 mil pesos. Hipócritas y cobardes “razones de estado” para satisfacer las demandas de nuestros “valientes soldados”, cuyas armas han apuntado siempre mucho más certera y criminalmente contra sus propios compatriotas. En esa bochornosa seguidilla de episodios históricos desde Lircay hasta el Bombardeo de La Moneda y las ejecuciones sumarias que abatieron a tantos miles de chilenos, alcanzando la felonía hasta sus propios camaradas de armas. Recursos, por lo demás, que hoy engrosan gracias a las toneladas de cobre que remueve el trabajo cotidiano de los mineros chilenos, mientras ellos siguen jugando a una guerra imaginaria, llevan al cadalso a sus conscriptos y financian las onerosas defensas jurídicas de sus oficiales fratricidas y usurpadores. Dineros que, entre otros propósitos, podrían destinarse a identificar los cadáveres de las víctimas de aquel Terrorismo de Estado que ejercieron sin piedad durante 17 años.

Bonos de gestión e indemnizaciones millonarias para funcionarios estatales en cargos de confianza política. Remuneraciones y honorarios a valores de mercado para algunos privilegiados. Es justo, se nos dice, que los gerentes ganen un estipendio similar al que pagan las empresas privadas o transnacionales. Claro, en esta curiosa globalización se equipara los sueldos de los altos ejecutivos, pero en ningún caso el de los trabajadores. ¡Imagínense que un albañil chileno reclamara lo mismo que uno en Alemania! Qué idea más peregrina sería pensar que nuestros Cabernet sauvignon, Carménère o Merlot, costaran en mano de obra lo mismo que se paga en Francia o en California.

En el país de los eufemismos, calidad-precio es la argucia actual para explotar al mundo del trabajo y garantizar el paraíso financiero que nuestro país prodiga al inversionista extranjero. Como asimismo a nuestros pretenciosos emprendedores criollos que, como queda cada vez más en evidencia, no son más que dóciles subalternos del capital foráneo, mercaderes de valores y acciones, palos blancos, lobbistas o traficantes de influencias. Destino profesional, ahora, de algunos políticos que se jubilan o van a recaudar fondos frescos para reiniciarse en el “servicio público”.

Un completo mito aquel de que el crecimiento económico es el que puede superar la pobreza, lograr mayor equidad. Desde luego que es necesario, pero en ningún caso debemos confiarle la solución. La prueba la entrega la propia CEPAL que registra un crecimiento sostenido de la Región en los cuatro últimos años de un 4.3 por ciento, mientras que el número de pobres ha crecido en el mismo tiempo hasta superar los 214 millones de seres.  De esta manera es que -junto con constatar que el aumento público en “políticas sociales no fue suficiente para combatir la pobreza”-, el documento a que aludimos advierte que los índices de desempleo se mantienen en un 10 por ciento y que se ha disparado el empleo informal al 49 por ciento, “por lo que la protección social de los trabajadores es ahora mínima”.

Del mismo modo, un estudio de la New Economics Foundation, nos revela que el crecimiento económico de por sí no contribuye en forma significativa a la erradicación de la pobreza. Los pobres del mundo -dice esta famosa thing-tank británico- han visto disminuir en un 73 por ciento su participación en la repartición de los beneficios del crecimiento en la última década. Así, por cada 100 dólares de aumento en el ingreso per capita mundial, apenas 60 centavos contribuyeron a reducir la pobreza. Por sobre un 70 por ciento menos de lo ya poco que se destinaba en la década de los 80.

Impresiona particularmente el cálculo que hace esta Fundación en cuanto a que tan sólo el uno por ciento del ingreso del 20 por ciento más rico del planeta a favor de los pobres, les traería a éstos más beneficios que el crecimiento del 20 por ciento sin redistribución. Para colmo, este estudio concluye que el daño ambiental ligado a este crecimiento incuestionablemente afecta en forma directa a los propios pobres.

La mitad de los trabajadores del mundo, concluye recientemente otro estudio de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), “no obtiene suficientes ingresos para superar, ellos y sus familias, el umbral de la pobreza, es decir de los que reúnen el equivalente en cualquier moneda hasta dos dólares al día. Ya no hay organismo internacional serio que apueste a la superación de la pobreza sin que las políticas capitalistas  actuales sufran profundas correcciones o sean sustituidas por un compromiso de los estados que concilie los imperativos del crecimiento con los de una adecuada distribución del ingreso. Una completa falacia ha resultado, entonces, aquello del neoliberalismo cuando predicaba que para que hayan menos pobres es necesario que, antes los ricos sean mucho más ricos. 

Pensamos que lo que se requiere es una revolucionaria acción política y moral en favor de la justicia social. Sé que quienes planteamos esto somos inmediatamente tildados de temerarios, ingenuos y nostálgicos en tiempos que todo se hace “a medida de lo posible”, dentro de la cancha rayada por los sostenedores de la gran prensa, los políticos ensimismados y los edictos de la única potencia mundial, con la cual presumimos una relación dilecta dentro de nuestro Continente.  Tan especial como que ha sido ungida por un “pionero” tratado de Libre Comercio y ese notable salvoconducto para acceder a los temibles F-16. El gendarme universal a donde van a completar sus estudios, por lo demás, nuestros propios “tanques pensadores”, a los únicos que los partidos políticos y el sistema binominal  abren cupos para hacer y deshacer en nombre de los sacrosantos preceptos de la ideología neoliberal. En esta tan particular democracia que ve disminuir sus medios de comunicación, concentrar la riqueza en pocas manos, acotar la filiación sindical y limitar el sufragio que debiera ser automático y universal para todos los chilenos mayores de 18 años. Vivan o no dentro de nuestras fronteras artificiales.

COMETIDO ÉTICO Y POLÍTICO

La convocatoria de la UNESCO y el tema que nos señala este año nos invita a  discurrir en la relación entre la libertad de prensa y la eliminación de la pobreza. Con gran sentido, confía en los medios de comunicación y los periodistas una acción decidida y sistemática a favor de la equidad social, cuando nos advierte que “los medios libres e independientes ayudan a facilitar un buen gobierno”, abogando por una “población informada, crítica y participativa”. Nos señala, además, que entre las metas de la comunicación social para el gran objetivo de superar la pobreza deben estar el “reconocimiento de los derechos humanos básicos, una sociedad civil más fuerte, la transparencia política y el desarrollo económico sustentable”. Asume la UNESCO que el periodismo tiene un cometido político y ético insoslayable en un tiempo de tan graves y flagrantes desigualdades, como la escandalosa brecha entre el nivel de vida de los que tienen demasiado, suficiente, poco, muy poco o prácticamente nada en nuestro mapa nacional de la distribución de los ingresos, bienes y servicios.

Y qué duda cabe que el periodismo es muy importante en la tarea de transformar el mundo y avanzar en el progreso de todos los seres humanos. Nuestra historia y la de tantas naciones registra que las mejores páginas del periodismo se han escrito a favor de la emancipación de las naciones sometidas, la lucha contra la opresión y las tiranías, la conquista de los derechos del pueblo y de los individuos. Con orgullo podríamos recorrer la lista de los diarios y revistas que desde nuestra Aurora de Chile cumplieron con estos propósitos. Recordar los nombres de nuestros mártires, abrir los archivos de lo que se ha escrito y se sigue escribiendo para fustigar la injusticia, condolernos con los que sufren, despertar la conciencia de los duros de corazón.

Como ha quedado demostrado en la Historia, el buen periodismo se fortalece en la adversidad, aprende a burlar la censura y se manifiesta heroicamente cuando otros se silencian, huyen o se corrompen. Sin embargo, y con mucha desazón, debemos reconocer nuestras faltas, frustraciones y tropiezos. Aceptar, por ejemplo, la connivencia actual de los grandes medios de comunicación con la política cupular y los grupos de presión o fácticos de quienes medran con un modelo intrínsicamente perverso que se sustenta en el trabajo mal remunerado para mantener el equilibrio de los índices macroeconómicos; que hipoteca soberanía y futuro para la apropiación más inicua de nuestros recursos naturales; que avasalla culturas ancestrales y la flora y fauna de lo que nos parecía la Copia Feliz del Edén. Tiempo bochornoso en que, de nuevo, se satisface la codicia de los belicistas, se aumenta el cupo de las cárceles y se recluta policías entre los pobres para tenernos cada vez más vigilados y actuar cuando el pueblo se inconforme o pretenda hacerse justicia por su propia mano. Cuando tarde o temprano se desencante de sus falsos representantes y mandatarios.

Medios de comunicación que, aunque sean públicos, dependen de la publicidad para existir, en un Estado que proclama la diversidad informativa pero no hace nada que pueda alterar el actual orden mediático que en un más de 80 por ciento de lo que se escribe o se difunde por la televisión y la radio piensa y vela por los buenos negocios de sus sostenedores. Así tenga que acarrear políticos a comer hamburguesas para disipar dudas sobre la calidad de la comida chatarra de una poderosa empresa transnacional. Así tenga que ignorar los despropósitos de un grupo económico empecinado en destruir un santuario de la naturaleza. Periodismo abyecto que renuncia a vigilar a los funcionarios públicos y que se hace cómplice de aquellas instituciones que evidentemente no funcionan siquiera para advertirnos de las catástrofes sanitarias.

Una prensa mucho más interesada en los accidentes del tránsito, los crímenes pasionales y las voluptuosidades de la farándula que en los grandes acontecimientos del mundo y la existencia precaria de tantos millones de chilenos y los riesgos del porvenir. Un periodismo de oídos sordos y ojos vendados a la realidad de la pobreza, incapaz de interpretar y opinar con fundamento y fortaleza sobre la catástrofe social y política que enfrentará nuestro país si no cambian nuestras desquiciadas prácticas económicas. Si no alcanzamos luego una convivencia social en que haya justicia y seguridad para todos. Sentados, como estamos, en el polvorín de tantos derechos ahogados.

Un país que vive en estado de pecado por la escandalosa brecha de la desigualdad. Por la amarga realidad de la pobreza, pero, sobre todo, por el escándalo y la provocación de que algunos vivan con tantos privilegios y derroches en un territorio en que debiéramos caber todos y vivir todos en dignidad e, incluso, en cierta abundancia. Cuando se nos anuncia que vamos a convertirnos pronto en potencia alimenticia y todavía hay niños chilenos que sufren hambre y desnutrición. Se convoca a las futuras generaciones a aprender el inglés y el chino mandarín, y las pruebas Simce nos muestran las falencias graves en nuestros escolares en su expresión oral. O cuando presumimos estar integrándonos a las grandes ligas del mundo desarrollado y el 60 por ciento de nuestra población no ha leído un solo libro en los últimos 365 días, mientras que el 17 por ciento de los estudiantes universitarios no entiende lo que lee y más de la mitad de los trabajadores vive en el miedo de perder su empleo.

NUESTRO PROYECTO-PAÍS

La Historia también nos recuerda que hay menos riesgo de convulsiones sociales y guerras internas allí donde la pobreza se extiende más uniformemente en la población que en aquellos sitios en que la opulencia de unos pocos se enseñorea sobre las mayorías afligidas. “Tuve hambre y no me diste de comer; tuve sed y no me diste de beber; estuve desnudo y no me cubriste”, nos dicen los Evangelios, advirtiéndonos que el problema no es tanto la pobreza y escasez, como la flagrante injusticia. El reparto desigual de lo que nos pertenece a todos.

La equidad, entonces, debe ser nuestro proyecto-país. Un camino que se proponga borrar las odiosas fronteras internas, de tal manera que todos podamos alimentarnos, transitar libremente y respetarnos en nuestro común destino, derechos y obligaciones, pero también en nuestra diversidad étnica, sexual y etárea. Un país que supere el estrés actual de la cotidianeidad a consecuencia del consumismo, del endeudamiento desmedido de las personas y las familias. Más de siete veces su sueldo deben los chilenos, sólo el 37 por ciento declara estar tranquilo con sus compromisos financieros, mientras que 42 de cada cien no está seguro de poder cumplir con sus pagos.

Equidad también en nuestras relaciones internacionales. Una paz que no se funde en nuestra arrogancia y superioridad bélica sino en la posibilidad de compartir lo que la naturaleza puso para todos y que las fronteras artificiales separaron. Por cierto, que tenemos que compartir el mar con Bolivia; por supuesto que también tenemos derecho a su gas y recursos energéticos. Qué duda cabe que a todos nos iría mejor en la integración. En nuestra política exterior, borremos, entonces, la línea imaginaria de nuestras insensatas discordias. Trabajemos juntos con nuestros vecinos, digámosle adiós a las armas y multipliquemos nuestros ingresos a favor de los pobres.

Desde los medios de comunicación, demandemos severamente  a nuestros políticos y dirigentes. Erijamos partidos, referentes y conductores que renuncien a “lo políticamente correcto”, otro eufemismo que significa mantenerse genuflexos ante el todopoderoso Goliat de la humanidad, sus lacayos locales, su ideología, cantos de sirena y amenazas. Denunciemos a aquellos políticos que permanecen postrados frente al capital y de espaldas frente al mundo del trabajo, sin el cual el dinero sólo se convertiría en papel y metal depreciado. Impongámosle freno a la voracidad de quienes vienen a saquear nuestras minas y mares y se hacen de multimillonarias utilidades de nuestras reservas y del sudor de los trabajadores chilenos. Que ni en la hora de su tercera edad podrán tener descanso digno, pues también los ahorros de toda su vida son apropiados por los administradores más rapaces del sistema que los oprime.

Tal como nos ponen peaje para transitar por nuestro propio territorio, que el país le ponga cuota y tributos a los que viven en la grosera abundancia. Que se asuma que es imposible erradicar la pobreza, si no se erradica también la extrema riqueza, si no se reparten mejor las utilidades de las empresas, si el conjunto del país no entiende que la seguridad que todos reclaman de lo que más depende es de la justicia social. Con la posibilidad de que encuentren trabajo más del 40 por ciento de quienes viven en las poblaciones y a los cuales empujamos a delinquir o drogarse para sobrellevar sus dramáticas existencias.

Pienso en las reservas que vamos a guardar para los años de “vacas flacas” y me irritan todas las oportunidades laborales y obras que se podrían emprender. Pero NO, ningún gasto que pudiera darnos “expectativa inflacionaria”, nos dicen. Los excedentes son para dejarlos guardados o remitirlos al extranjero. Es ésta la forma, en que se justifica la macrofelonía de nuestro modelo económico. Habla por sí mismo de la perversidad de la ideología que puso en práctica la Dictadura y que ha sido consagrada en los 17 años posteriores, en que las instituciones sólo funcionan para algunos pocos. Tanto que un reciente estudio realizado sobre la Universidad Cardenal Silva Henríquez demuestra que “más del 77 por ciento de las personas pobres de Santiago consideran que la calidad de la justicia que obtienen es muy mala o mala”. Al mismo tiempo que los partidos políticos, los senadores y diputados son los peor calificados en la solución de los problemas de la justicia en nuestro país.

De allí que nuestra estabilidad democrática requiera con urgencia de medios de comunicación que sean percibidos como aliados del pueblo y comprometidos con su progreso. Escúchenme bien: “Estamos metidos en un país donde los medios de comunicación son tan poderosos como los ricos... Hay un 30 por ciento de ricos y un 70 por cierto que está pagando por todo lo que los ricos usufructúan”, dice textualmente un testimonio registrado en un Estudio sobre la percepción de los sectores populares sobre la Libertad de Expresión en Chile. “No es que estemos censurados, dice otro, estamos simplemente marginados de los medios informativos. Y si la televisión nos muestra, somos siempre presentados como los feos, sucios y delincuentes. Tenemos que pegarles a los pacos para hacer noticia...”.

Paradojalmente, una enorme, absurda e incontrolada cantidad de escuelas de periodismo donde se forman los relacionadores públicos del sistema imperante en Chile. Verdaderas fábricas de atriles humanos para las cámaras y micrófonos de los noticiarios uniformados en la misma vulgaridad, regidos por quienes “ponen la publicidad” y definen la ética y la estética del Chile de esta curiosa democracia con los ricos y para los ricos. Mientras que los periodistas dignos y misioneros pueblan Internet de páginas y blogs, fundan y cierran publicaciones que los administradores del sistema mandan al ostracismo, desde el Gobierno y el mercado.

Con todo, sabemos que el periodismo serio, aquél que tiene una misión liberadora y redentora, siempre se abre ruta en las circunstancias adversas. Tenemos claro que desde nuestros medios y columnas disidentes y segregadas, sembraremos de nuevo la inconformidad social, abatiremos el engaño y la apatía juvenil, recuperaremos los valores de la solidaridad tan ausentes hoy, pero que laten en el corazón generoso de los pobres y los chilenos de buena voluntad.  Felizmente observamos otra vez que nuestras calles y poblaciones, hasta  nuestra Avenida principal, se llenan de justa ira y de la promesa que un mundo nuevo es posible. Pero que nadie nos regalará, sino lo conquistamos nosotros mismos. Por cierto, que a través de los métodos que no desacrediten la inspiración humanista de sus demandas.

Es nuestra esperanza, deber y compromiso. Para un Chile con honor y gloria.

 
Saludos cordiales
RODRIGO GONZALEZ FERNANDEZ
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