Tuesday, August 22, 2006

DE CENTINELA

De centinela

| LA TERCERA DE ABC |
... Pocos servicios más decisivos a la libertad de expresión que la rebeldía de la Fallaci, al recordar una y otra vez su dimensión de justicia, negándose a someterse a una contradictoria tolerancia coactiva...
CUANDO se planteó la candidatura de Oriana Fallaci a uno de los Premios Príncipe de Asturias no tardó en surgir el debate público sobre si cabría considerar políticamente correcto otorgar tal reconocimiento. Desde tal perspectiva, parece obligado situarse ante un dilema diabólico: o la adhesión inquebrantable (todo lo dicho por el homenajeado ha de considerarse puntualmente compartido, incluido el cómo se dijo) o el silencio. Pasó el tiempo y el propio Príncipe de Asturias haría solemne entrega en la casa de ABC del Premio Luca de Tena, con el que se reconoció su trayectoria periodística. El jurado estimó sin duda como mérito su inquebrantable rechazo a lo políticamente correcto.
La libertad de expresión goza hoy entre nosotros del máximo reconocimiento jurídico. Significativo al respecto es que el Tribunal Constitucional considere que su condición de derecho fundamental «convierte en insuficiente el criterio subjetivo del «animus iniuriandi», tradicionalmente utilizado por la jurisprudencia penal» a la hora de condenar los posibles delitos contra el honor. Habrá que examinar primero si se dio un efectivo ejercicio del derecho fundamental, que sería contradictorio considerar «antijurídico». Tratándose de un asunto de interés general, sólo si no fuera ese el caso -por haberse empleado, por ejemplo, expresiones vejatorias innecesarias-, tendría sentido plantear una posible sanción penal. Pero su protección constitucional va más allá: tanto la libertad de expresión como el derecho a la información «no sólo son derechos fundamentales de cada persona, sino que también significan el reconocimiento y garantía de la opinión pública libre, que es una institución ligada de manera inescindible al pluralismo político, valor esencial del Estado democrático, estando, por ello, esas libertades dotadas de una eficacia que transciende a la que es común y propia de los demás derechos fundamentales».
El panorama resultaría pues idílico, si no entraran en juego los distorsionantes efectos de lo políticamente correcto. El portillo de entrada es el desdibujamiento de la justicia por un planteamiento «buenista» de la tolerancia, que la malentiende como reconocimiento de derechos; me explico. El reconocimiento de derechos no es tarea propia de la tolerancia sino de la justicia, que es la que exige (llegando a recurrir a la coacción, si necesario fuera) dar a cada uno lo suyo. La tolerancia, por el contrario, es fruto de la generosidad, en la medida en que anima a dar al otro más de lo que en justicia podría exigir.
Si aplicamos tal esquema a las conflictivas caricaturas de Mahoma, resulta claro que sería antijurídico (por contrario a la justicia) cualquier dibujo inequívocamente vejatorio, por dañar los derechos de libertad religiosa de los creyentes en el profeta. Asunto distinto es pretender imponer «urbi et orbi» el veto islámico a dibujar efigies humanas, para evitar querencias idolátricas. La conciencia de que dichos dibujos pueden molestar a un sector de la población podría servir de fundamento a una generosa y tolerante renuncia. Pretender, sin embargo, arrogarse el derecho a impedirlo nos llevaría de lleno a lo antijurídico. Admitir que hay cuestiones sobre las que no cabe hablar, escribir o dibujar vulnera una de las más elementales consecuencias de la libertad de expresión y del derecho a la información: «El ejercicio de estos derechos no puede restringirse mediante ningún tipo de censura previa» (art. 20.2 CE).
La conversión de la tolerancia generosa en conducta jurídicamente exigible es ya un disparate, pero se queda en nada si se la compara con la criminalización como «fobia», de la mano de lo políticamente correcto, de meras manifestaciones de libertad de expresión. El principio de «mínima intervención penal» se ha venido considerando inseparable de todo Estado respetuoso con las libertades, que ha de recurrir siempre a cualquier otro instrumento jurídico antes de ejercer una coacción de tal intensidad. El acrítico celo alimentado por lo políticamente correcto justifica inconfesadamente como novedoso principio el de «intervención penal, como mínimo». El que vulnere sus implícitos dogmas irá a la cárcel, acusado de la «fobia» que corresponda; luego, si le quedan ánimos, cabrá continuar el debate.
Una conducta que no ha mucho se consideraba delictiva (lo sigue siendo, sorprendentemente, dentro del territorio de algunos países occidentales) pasa a verse despenalizada en aras de la tolerancia. Bien pronto se ve convertida en dogma, por encima de la convocada alianza de civilizaciones, sospechosamente unánime al respecto. Se activan, como consecuencia, las baterías de la nueva ortodoxia. Se desmantela una institución milenaria, negando a la mayoría lo que era suyo. Se la incluye en el catecismo de lo políticamente correcto («Educación para la ciudadanía», para entendernos) y se abren por vía penal a los «homófobos» (de ambas civilizaciones) las puertas del infierno civil. Desde su observatorio la Fallaci, como era de imaginar, no se quedó callada.
Lo más meritorio del asunto es que todo ello se lleva implacablemente a cabo en un contexto de dictadura del relativismo. Se pasa insensiblemente de la salmodia «buenista» de que no cabe imponer convicciones a los demás (por lo visto, lo del carnet por puntos no aspira a resultar convincente...), al veto formal a que alguien se atreva a expresar con libertad su propio código moral. Bentham, poco sospechoso de iusnaturalista, patentó la actitud del buen ciudadano ante la ley positiva: «obedecer puntualmente y criticar libremente». Bobbio rechazó también con energía lo que tildó de «positivismo ideológico»: la peregrina idea de que una ley, por el sólo hecho de ser legítimamente puesta, genere una obligación moral de obediencia. Lo políticamente correcto, por el contrario, nos lleva al lejano oeste: prohibido prohibir, porque aquí nada puede considerarse verdad ni mentira, pero yo no lo haría, forastero...
Visto el panorama, pocos servicios más decisivos a la libertad de expresión que la rebeldía de la Fallaci, al recordar una y otra vez su dimensión de justicia, negándose a someterse a una contradictoria tolerancia coactiva. Desde dicha actitud, no satisface tanto que las propias opiniones lleguen a verse compartidas por los lectores como que hayan logrado mantenerlos despiertos. Para todo amigo de la libertad merecerá siempre particular reconocimiento quien practica ese «solo ante el peligro», plantando cara contracorriente a la inconfesada censura de lo políticamente correcto; aunque lo que acabe expresando no coincida con lo que, en su lugar, personalmente se expresaría.
Ya en 1979, entrevistada por Luciano Simonelli, la Fallaci esculpía su mensaje: «Siempre he amado la vida. Quien ama la vida no se presta nunca a acomodarse, a soportar, a dejarse mandar. Quien ama la vida está siempre de centinela (con el fusil en la ventana, decía, una vez más políticamente incorrecta) para defender la vida... Un ser humano que se acomoda, que soporta, que se deja mandar, no es un ser humano».

VARAS PREMIO NACIONAL DE LITERATURA

José Miguel Varas obtuvo nuevo Premio Nacional de Literatura
Fuente :Leonardo Núñez, El Mercurio en Internet
El cuentista, periodista y hombre de radio de 77 años se destacó así entre los 18 postulantes al galardón de este año.


El ganador del Premio Nacional de Literatura 2006. (Foto: Claudio Vera, El Mercurio).
SANTIAGO.- Una de las selecciones más rápidas de la historia resultó ser la asignación de este año del Premio Nacional de Literatura. En menos de media hora un jurado, presidido por la ministra de Educación, Yasna Provoste, decidió que el galardón lo recibía en esta ocasión José Miguel Varas.

El cuentista, periodista y hombre de radio de 77 años se destacó así entre los 18 postulantes al galardón de 2006 y recibirá el premio que consiste en 14 millones de pesos y una pensión
vitalicia mensual de 20 UTM (poco más de 600 mil pesos).

Varas llegó al Ministerio a recibir su premio a las 11:30 y sus primeras palabras cuando la ministra Provoste le entregó el galardón fueron "nunca le había dado tantas veces la mano a una ministra", causando la risa generalizada de los presentes.

José Miguel Varas confesó que aunque no quiso emocionarse, cuando supo que fue el elegido la alegría de su esposa y otras mujeres que lo acompañaban a la hora de recibir la noticia en su casa, terminaron por contagiarle el entusiasmo. "Este premio representa una gran responsabilidad para mí, pues antes lo habían recibido grandes escritores como Pablo Neruda y Gabriela Mistral, y al recordar esos nombres yo me siento como un enano por mi trabajo literario", agregó.

El jurado, que se reunió esta mañana en el Ministerio de Educación, estaba conformado por el último galardonado el 2004, el escritor Armando Uribe, el rector de la Universidad de Chile, Víctor Pérez; Matías Rafide, que representa a la Academia Chilena de la Lengua, y Marcela Prado Traverso, designada por el Consejo de Rectores.

La decisión casi inmediata la explicó Uribe diciendo que "para mí no fue una sorpresa la rapidez de la elección. Nos sentamos en la mesa y escribimos en un papel nuestras preferencias y cuando abrimos estos, el nombre de Varas apareció encabezando casi todas las listas". Reveló que, previo a un breve intercambio de opiniones, la decisión fue unánime y agregó que "al menos este año se premió tomando en cuenta sólo la calidad literaria del premiado y no su inclinación política, como debiera ser siempre".

Ante la pregunta respecto de qué opinaba de que una vez más no se premiaba a una escritora, José Miguel Varas dijo que "yo no podría disculparme por no ser mujer, pero sin duda esto es un tema pendiente en este premio y espero que más adelante muchas mujeres lo puedan recibir".

Por otra parte, el galardonado aprovechó el momento para criticar la composición del jurado que otorga este premio argumentando que deberían ser más escritores los que deberían integrar el grupo que decide. "Falta representación de más escritores en el jurado, pero eso está en proceso de rectificación, así lo espero. Hay un proyecto para incluir un representante de la Sociedad de Escritores de Chile", dijo.


José Miguel Varas recibe Premio Nacional de Literatura. (Foto: Héctor Yánez, El Mercurio.
Escritor, periodista y ahora Premio Nacional

José Miguel Varas, nacido en Santiago el 12 de marzo de 1928, se destaca por una amplia y polifacética carrera. El autor aborda distintos géneros como la novela, el cuento, la biografía y el periodismo, y no sólo como autor se ha desempeñado sino que también como hombre de radio.

Aunque su primera publicación titulada "Cahuín" fue a los 18 años , ya contaba con varios textos breves publicados en el Boletín del Instituto Nacional el '43 y '44, y años antes había fundado con sus compañeros el periódico "El Culebrón".

Varas ha sido periodista de la revista "Vistazo", director del diario "El Siglo" y fue jefe de prensa de Televisión Nacional en el gobierno de la Unidad Popular. En su carrera literaria, destaca el discurso de bienvenida que le hizo a Neruda, una vez que éste vuelve del exilio en 1952.

Luego de permanecer exiliado en Moscú, donde se dedicó más al periodismo que a la literatura, Vargas retorna a Chile recuperada la democracia. Desde 1990 hasta la fecha ha publicado más de 10 libros e integró el equipo que creó la desaparecida revista "Rocinante" de la que fue editor.

Sus obras son: Cahuín, cuentos (1946), Sucede, cuentos (1950), Porái, novela (1963), Chacón, biografía novelada (1967), Lugares comunes, cuentos (1968), Historias de risas y lágrimas, cuentos (1972), Las pantuflas de Stalin, crónicas (1990), Neruda y el huevo de Damocles (1992), El correo de Bagdad, novela (1994), La novela de Galvarino y Elena, biografía novelada (1995), Exclusivo, cuentos (1996), Cuentos de ciudad (1997), Nerudario, crónicas (1999), Cuentos completos (2001), Neruda clandestino, crónica (2003), Los sueños del pintor, novela (2005).
 
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